A un año de la primera cuarentena por el COVID-19; una mirada desde el marketing y los negocios

Por: Ana T. Brotons Gómez

En este mes de marzo del 2021 se cumplió un año de aquella primera cuarentena por el COVID-19. Aquel viernes 13 de marzo de 2020 viví lo que es la compra por impulso en su máxima expresión, cuando la emoción del miedo predominaba. Miedo a la escasez, a la no supervivencia… Recuerdo haber hecho las compras más significativas en mi historia en suplementos, vitaminas y en la compra de alimentos y artículos de primera necesidad. Mi historia, y la de muchos puertorriqueños luego de pasar por la experiencia del huracán María y del terremoto del 7 de enero influyeron mucho en esas compras impulsivas.

Y llegó la cuarentena… las compras online se dispararon y las empresas no podían suplir la demanda, con una espera de semanas y semanas, al punto de darte cuenta que ya no necesitabas el artículo. Mascarillas, guantes, “faceshields”, sanitizer y jabón de manos a precios elevados por el principio de oferta y demanda.

Hablemos del consumo de tiempo.  Hubo un gran aumento en el uso de las plataformas de ver programación online, y en el tiempo que pasábamos en las redes sociales. Otros aprovecharon y sacaron el Marie Kondo en ellos haciendo “decluttering”, y otros pusieron sus casas al día en proyectos que tenían pendientes. También muchos sacaron los chefs en ellos, utilizando el tiempo en casa para cocinar.


El trabajo remoto dominó y a la empresa Zoom le llegó su agosto. Lo que muchos deseaban, por fin se les dió. Otros pasando mucho trabajo en aprender a usar la tecnología. Nos movimos un poco a Darwin, “el más apto sobrevive”. Pero también el valor de ayudar que mueve al ser humano dijo presente, pudiendo ver ejemplos de personas que dominaban la tecnología apoyando a esos que tenían más dificultad.

Muchos profesionales se dieron cuenta de que se trabajaba mucho y estaban en el status quo desde hace tiempo. Por esto, redujeron sus horarios de servicio y ahora tienen más tiempo para vivir. Eso me acuerda la frase que debemos aplicar: “trabajo para vivir, no vivo para trabajar”.

En este tiempo la pirámide de las necesidades de Maslow hizo todo el sentido.  Las necesidades básicas como alimento, seguridad y hogar tenían mayor peso en las decisiones de compra.

Cerraron negocios y abrieron otros. Aquellos sin la miopía de marketing pudieron ver y aprovechar oportunidades.  Muchos se reinventaron.

En cuanto a actividades de ocio, vimos conciertos y eventos online para divertirnos y socializar.  Registrarnos a webinars o masterclass gratis para aprender de temas que nos interesaban era otra de las actividades que hacíamos, aunque muchas veces no podíamos participar del webinar por falta de tiempo o el mismo cansancio del día.    Y hasta turismo virtual podíamos hacer, visitando lugares como museos o atractivos turísticos a través de «tours» virtuales.  


Y no quiero dejar pasar que muchos padres con hijos en edad escolar nos hicimos expertos en el multitasking entre todas las tareas que manejábamos al mismo tiempo. Esto resultó positivo porque valoramos más la labor de los maestros y las escuelas en nuestra sociedad. Y también tomó importancia reconocer a esos trabajadores que ponen en riesgo su vida para salvar la de otros, valorando aquellos que trabajan en hospitales, en los supermercados, gasolineras, empresas de entrega de paquetes, recogido de basura, etc.

En fin, muchos cambios en el consumidor en poco tiempo. Lo que se veía venir en el aumento del uso de tecnología para operar, llegó de momento para quedarse. Veremos qué cambios permanecerán y cuales se quedarán como historia luego de que pase esta crisis.

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